El arco de la Independencia en Monterrey

18 septiembre, 2023 | publicado por:Óscar Tamez Rodríguez

La sociedad regia puede definirse como progresista, con el defecto de olvidar que la memoria histórica da arraigo, certidumbre hacia el futuro y raíces de las cuales enorgullecerse.

La falta de cultura arquitectónica perdurable en la etapa prehispánica y las condiciones en las cuales se dieron la fundación del Nuevo Reino de León y su capital Monterrey, hacen que nuestra memoria histórica en edificaciones no sea tan rica como en sitios del centro y sur del país.

Vibramos cuando recorremos sitios arqueológicos de las civilizaciones precolombinas o colonial, reclamamos la ausencia de estas expresiones culturales en Nuevo León, pero al primer intento por preservar los vestigios históricos como el monumento del Arco de la Independencia, nos presentamos intolerantes y negados a la preservación de la cultura y la historia.

“La mona del Arco” como conocemos al arco de cantera rosa con una estatua que representa la libertad del pueblo mexicano se ubica en el cruce de Pino Suárez y Francisco I. Madero y el sitio es emblemático, sin embargo, nuestro desconocimiento por las raíces nos lleva a cuestionar su preservación.

El monumento es consagrado al primer centenario de la independencia de México, inició su construcción en 1908 por instrucciones del gobernador Bernardo Reyes, hombre liberal y sensible al fervor patrio, al menos así queda reflejado en la definición de la estatua que posa sobre el arco que representa la ruptura de cadenas con España.

El 16 de septiembre cumplirá 113 años de inaugurado por el gobernador José M. Mier, sucesor de Reyes. El sitio donde se ubica es el mismo en el cual se asentó, en lo que entonces era el límite norte de la ciudad, en tiempos en donde aquello era un sitio para tránsito de caballos, carruajes y un tranvía moderno.

Su presencia cobra doble relevancia; un par de meses después de enorgullecer a los regios y nuevoleoneses de su tiempo, inicia la revolución mexicana, movimiento del cual surgen presidente Francisco I. Madero y vicepresidente José Ma. Pino Suárez. El monumento es en partida doble un recuerdo de la lucha del pueblo contra los absolutismos.

Hoy como nunca en más de 100 años, su presencia debe ser motivo de unidad, el ángel parado en un arco de cantera rosa debe alentar en la luchar contra los absolutismos actuales, esos representados por poderes fácticos como la delincuencia organizada.

Entiendo que esta columna puede ser provocadora para algunos lectores, pero ahora es más importante el monumento que simboliza la libertad que el progreso plasmado en las vialidades. Como nunca necesitamos de símbolos que den identidad, arraigo, amor por la tierra que nos cobija; sitios como el referido, el Obispado y otras edificaciones como el antiguo palacio federal, son de los pocos vestigios vivos que nos recuerdan la importancia de libertades como las de pensamiento, expresión y trabajo. No son cosa menor, aunque ante el disfrute de éstas, olvidamos el riesgo actual por perderlas.

La Historia no debe politizarse, como tampoco el rescate a nuestros monumentos históricos, es desleal hacerlo. Entiendo del uso político que se da a la Historia, es tiempo de utilizarlo para revivir el nacionalismo, la identidad local como parte de una nación, el reconocimiento al pasado que nos forjó en acero y cantera, el amor por nuestros símbolos naturales como por los monumentos históricos.

Es sórdido regatear ante las incomodidades que representa el rescate del monumento histórico, el recuerdo de las etapas históricas que rememora valida exigir su reconstrucción y dignificación.

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