La evaluación a prueba

10 abril, 2019 | publicado por:Oscar Tamez

La evaluación está en el centro del debate para la reforma educativa. La discusión parte de la calidad del servicio educativo en el nivel básico, pero en la realidad poco importa la calidad: el tema es político.

La reforma de Peña Nieto no se basó en la calidad educativa. Esa fue la excusa. El punto nodal estuvo en el acoso laboral al magisterio. Todo fue político y no académico.

La calidad educativa es un elemento técnico vinculado a la eficiencia terminal del servicio, a la aplicación del proceso educativo en la vida cotidiana. Sin embargo, el discurso sobre el cual se debate es político y partidista, moneda de cambio para los actores en el poder legislativo, los grupos de interés, los maestros en pugna y el poder ejecutivo.

La evaluación es un proceso, como tal debe incluir a los actores y factores que intervienen en la educación. Entre ellos, el modelo de mexicano que demanda la sociedad, la legislación, los planes y programas de estudio, la autoridad educativa, el entorno de la sociedad, la gestión escolar, la infraestructura educativa, la formación docente, el quehacer docente, finalmente al alumno y la aplicación del conocimiento en la cotidianeidad.

Hablar de la calidad educativa excluyendo uno de los aspectos anteriores es gatopardismo, maquillaje a lo existente, una reforma parcial como la del peñanietismo.

Cada aspecto involucrado en la calidad educativa debe ser evaluado y merece un estudio más profundo por separado, pero sirva la mención para entender cómo la calidad educativa es manoseada por los actores políticos para llevar agua a sus molinos.

Esteban Moctezuma destaca en su discurso dentro de la “mañanera” del viernes 28 de marzo, que la calidad de la enseñanza no tiene relación con la evaluación a los maestros. Es cierta la afirmación del secretario; esta medición equivale a parchar una pared porque tiene cuarteaduras, cuando la remediación a fondo incluye un estudio estructural e integral que abarque cimientos, firme, cerramiento y losa, además de los muros.

La evaluación es la etapa más importante de la planeación educativa. Su diseño debe ser en el momento mismo de la planeación en cada parte del proceso, así cuando se busca definir el modelo de mexicano aspiracional, el punto de partida se ubica en establecer los requerimientos para una sociedad en la que será factor ese educando dentro de 20 o 30 años.

Al diseñar los planes y programas de estudio, como lo señaló Moctezuma, debe incluirse el contexto social. No es lo mismo el maestro de Monterrey a la maestra en una comunidad del sureste mexicano. 

No se puede exigir la misma calidad del servicio educativo cuando los actores –autoridad, comunidad educativa, docentes y alumnos– se desarrollan en condiciones diferentes. Un principio de la igualdad en la democracia es entender que se debe atender por igual a los iguales y desigual a los desiguales.

El maestro que labora a la vez en un colegio particular, donde sirve a familias con recursos potenciales y en una escuela pública en sector marginal, no tendrá los mismos resultados trabajando de la misma forma los mismos contenidos. La diferencia es el entorno. En uno el perfil de padres tiene nivel educativo superior y capacidad para contratar clases de apoyo. En el otro grupo hay padres analfabetas o en rezago, sin acceso a las TIC,  donde el menor debe contribuir a los ingresos familiares. Evidentemente son resultados distintos y esto debe ponderarse al evaluar el servicio educativo.

Peña Nieto y su secretario Aurelio Nuño hicieron de la calidad educativa una justa para reprimir al personal docente. Utilizaron una meta como medio para politizar la labor docente y tener en el maestro al villano favorito, al culpable de todos los males, cuando en realidad es otra víctima de un sistema que no termina por encontrar el justo medio.

Urge que el sistema educativo vea en la evaluación la herramienta para la calidad y el proceso para la mejora continua. Como señaló Moctezuma, se debe reforzar la formación docente y el normalismo, trabajar en la capacitación y la actualización, reconocer que, ni todos los profes son “grillos” ni todos son eméritos de la labor docente.

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