Politización de la historia

16 abril, 2019 | publicado por:Oscar Tamez

El presidente López Obrador conmemoró el centenario luctuoso de Emiliano Zapata. En su discurso aseguró que murió a traición. Además del deber de su gobierno por emular su pensamiento y obras, el ´pejesidente´ utiliza la historia para implantar su propio pensamiento político-social.

En otras entregas he escrito sobre el uso político de la historia, sin embargo es importante resaltar que el presente sexenio se distingue por la utilización pensada y programada con interés de obtener simpatías populares.

Además del presidente, los grupos de presión también sacan ´´raja´´ política de la historia durante la conmemoración del centenario luctuoso del caudillo del sur, activistas sociales, grupos de presión y grupos políticos oportunistas, de Puebla, Morelos y Tlaxcala, acuden a protestar por problemas diversos.

Lo mismo exigían solución a una huelga universitaria, que atención a problemas como la inseguridad. Siempre enarbolando la bandera del caudillo, que es más un símbolo histórico y no representa las causas reclamadas a López Obrador.

AMLO aprovecha la efeméride para llevar agua a su molino. No es nuevo, todo político politiza la historia y recupera citas o pasajes cercanos a su visión de Estado.

Con frecuencia, al politizar a personajes o momentos de la historicidad se recurre a clichés o discursos gastados, eso quiero pensar ocurre con el actual gobierno. Hay que leer el metalenguaje del pejesidente, pues al emular a Zapata está hablando de un modelo económico y social determinado. Eso sí cobra importancia.

Afirma terminar con el neoliberalismo –al que equiparó con el porfiriato– y asegura trabajará con la visión zapatista.

En el ideario, Zapata fue un caudillo «pro-socialismo». Su visión del reparto agrario se asemeja más a un modelo socialista por sobre a una visión democrática-capitalista. 

La visión del ejido y las tierras comunales del grupo Ayala era de tipo cooperativa, comunal y de reparto igualitario. Una visión de la producción basada en el autoconsumo, en obtener el sustento y luego, el resto comercializarlo.

No fue el único agrarista ni el único que peleó por el pueblo como en los clichés se pretende afirmar. La reforma agraria durante la Revolución tuvo otras reivindicaciones como la de Luis Vicente Cabrera Lobato, quien desde del Congreso en el año de 1912 promulgó un discurso en favor del reparto agrario y del ejido. Sin embargo su visión era de corte capitalista, de pequeñas propiedades y apoyo al campesino con propiedades comunales.

El Plan de Ayala no es el documento agrarista por excelencia, incluso tuvo en 1913 dos reformas. Es en mayo de 1914 cuando Zapata radicaliza su discurso en favor del agrarismo comunal y exige reparto y restitución de las tierras, dos formas de allegar tierras a los campesinos.

La visión agraria de Zapata no es coincidente con el México actual. Se vive una sociedad donde amlofóbicos y amlofílicos coinciden en cuanto es necesario ser competitivos al interior y en el extranjero, un país autosuficiente y a la vez que genere divisas con sus productos del campo; por eso el aguacate es un orgullo que se presume, como lo son las hortalizas producidas en Nuevo León, las cuales en gran cantidad se exportan fuera del país.

Es momento de reivindicar a los personajes de la historia que les debemos mucho de lo bueno que hay en México. No politizar sus imágenes, tener cuidado del uso de las figuras históricas porque no son inmaculados, son personas de carne y hueso que tuvieron el valor de abandonar sus establishment para buscar un ideal del bien común.

Honremos la memoria de Zapata en el centenario luctuoso, pero lo mismo hagamos con Felipe Ángeles, quien en noviembre alcanza 100 años de su muerte y llegó a gobernar Nuevo León, aunque fuera muy poco tiempo y de manera circunstancial. 

Al honrar su memoria que se haga distinguiendo sus aportes a la construcción del México moderno, con sus luces y sombras, entendiendo su tiempo y circunstancia.

Idealizar a personajes como Zapata puede ganar votos, pero no aporta necesariamente a la visión del Estado mexicano que  queremos para el siglo XXI.

Emiliano Zapata merece homenajes no por ser inmaculado, sino porque gracias a su lucha fueron visibles el campesino invisible y el indígena marginado. Por lo demás, el suyo es un modelo de producción rebasado por la historia.

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