Para la Historia… de nuevo Profe

7 julio, 2017 | publicado por:Óscar Tamez Rodríguez

Monterrey, NL, a 20 de junio del 17.

Apreciada señora Sofía,

Usted bien lo sabe, mi primer estudio profesional fue de profe, como se dice coloquialmente. Esta actividad profesional dejé de practicarla hace unos años, sin embargo el pasado miércoles 14 de este mes de junio tuve oportunidad de revivir por momentos mis años mozos de docente.

Cuando terminé la educación secundaria, allá en los remotos años 80´s, en junio de 1980, para ser preciso, tuve la opción de elegir mis estudios siguientes, bueno, tuve la fortuna de seguir estudiando y de elegir cuáles continuar.

A usted no le puedo presumir, sin embargo, derivado de mi promedio escolar fui invitado por el Tec de Monterrey a continuar los estudios de preparatoria en sus instalaciones, claro, no era el Tec de hoy día, era una institución menos exclusiva que aún buscaba posicionarse académicamente. En ese entonces me ofrecieron un 90% de beca, hoy cualquier padre de familia pegaría de brincos por la mitad de esa beca, pero eran otros tiempos.

Influenciado por los amigos, por estar cercana a mi barrio y por el deseo de jugar futbol americano con los kiowas, equipo de la prepa 15 de la UANL, tomé la decisión de inscribirme en esa escuela. Orgulloso estaba de ser un universitario y luego, de ahí seguir la carrera de contador público. Ya había programado mi futuro a los escasos 14 años, bueno, eso creía.

Uno propone y Dios dispone, reza la máxima popular. Así fue en mi caso. Me encontraba en casa una tarde, recuerdo que por la mañana todavía acudíamos a la escuela secundaria a exámenes finales y a “perder tiempo con los amigos” pues los estudios formales habían terminado. Esa cálida tarde de verano tocó a la puerta una amiga del salón de clase. Se iba a inscribir a presentar el examen de admisión para la Normal, su aspiración era ser maestra y estudiar en la Normal Miguel F. Martínez representaba, además de estudiar en la escuela más prestigiada, la posibilidad de egresar con trabajo, lejos, en una comunidad rural para muchos pero seguro.

Mi amiga Angélica –entenderá doña Sofía que el nombre sea ficticio por no tener la aprobación expresa de la interfecta para publicarlo- al tocar a la puerta llegó con una petición: que le ayudara a contestar la guía de estudios que le dieron para el examen de admisión y por consiguiente le apoyara para acreditar la evaluación pues se presentaba un elemento extra que hacía importante la acreditación; se cerraba la Normal, don Alfonso Martínez Domínguez, el gobernador, había tomado la decisión de cerrar temporalmente la escuela formadora de docentes.

Motivado por el reto, decido inscribirme junto a mi amiga Angélica para probar suerte.

Llegó el examen, se dieron a conocer los resultados. Ambos superamos el reto, estábamos preinscritos en la Normal para maestros. Mi vida daba un vuelco.

Llegó septiembre de 1980, inscrito en la prepa 15 de la UANL para asistir por la mañana y a la Normal por la tarde llevaba doble turno. El reto a los 14 años resultó complicado, tuve que decidir uno u otro estudio. Ahí mi familia hubo de apoyarme, mediante una serie de preguntas que fui respondiendo, entendí que la prepa podría terminarla en otro momento, incluso en turno nocturno, la Normal no tenía una segunda oportunidad, se cerraba y no sabíamos si reabriría. Abandonar la Normal no tenía segunda vuelta, abandonar la prepa me permitiría regresar a futuro. La decisión fue tomada, seguí en la Normal, sería un profe, pero qué hacer con la vocación si nunca fue opción la idea de ser docente. La vida respondió, me enamoré de la labor docente, el gis –en aquel tiempo los pizarrones eran para gis, no como los actuales- se volvió pasión, una vocación que hoy aún abrazo.

Serían cuatro años que cambiarían y definirían m vida, una etapa que sin duda marcó mi presente a más de 33 años de haber egresado de la Centenaria y Benemérita Normal.

En ella aprendí lo que hoy cualquiera usa en los discursos políticos llamado pedagogía, conocí de la didáctica y por supuesto, viví esos años donde las normales y las escuelas de educación media superior y superior eran semilleros de líderes, bastiones donde en una mesa de la “cafeta” arreglábamos el mundo junto a un refresco o una taza de café, tiempos donde además de contenidos académicos te inoculabas de compromiso social, debatías política y por supuesto, las ideologías políticas y la presencia de tendencias partidistas se hacían presentes.

Doña Sofía, se preguntará si es real esta narrativa pues se escucha muy perfecta, claro es real, pero también incompleta, falta que le cuente de los tradicionales bailes de la Normal, reconocidos entre prepas y facultades pues siempre había lo que en otros bailes faltaba: ramilletes de bellas chicas. Sí, la Normal promediaba 600 o 700 alumnos por generación y el 80% o más eran mujeres. ¿Quién faltaría a un baile así?

No olvidemos la semana del normalista enmarcada por el 23 de noviembre, día del normalista. Pero bueno, no le abrumo más con remembranzas adolescentes. Ya en otro momento le compartiré que siguió luego de 1984 cuando egreso de la Miguel Filomeno Martínez.

Lo único que le digo, no soy contador público, la vida, así como me llevó a la Normal en 1980, siguió llevándome por un camino no programado pero que hoy es mi camino de vida.

Me despido, destacando mi agradecimiento por destinar su tiempo a compartir estos momentos que en mi historia personal no son sólo historia, son simplemente mi vida.

“Escribiendo la historia para el futuro”

Afectuosamente quedo a sus invaluables saberes.

Óscar Tamez Rodríguez

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