Zapata y el zapatismo

10 abril, 2019 | publicado por:Oscar Tamez

El miércoles 10 de abril se cumplen 100 años de la emboscada en la que muere Emiliano Zapata a manos del nuevoleonés Jesús Guajardo, en una estrategia conjunta con el otro nuevoleonés Pablo González.

A partir de la muerte, su figura se vuelve propia de culto, el personaje trasciende a la persona, es un caso como el de Pancho Villa, el ´´Che´´ Guevara y otros que se convierten en leyenda, en inmortales.

Uno es Emiliano Zapata quien se suma a la revolución maderista al término de ella, y otro el zapatismo donde la ideología del movimiento trasciende al personaje y a su obra.

Estamos a días del centenario luctuoso de quien muriera a los 39 años de edad, faltando meses para el 8 de agosto de aquel 1919, cuando alcanzaría su 40 aniversario.

La figura del revolucionario se ha entremezclado con la idealización que el pueblo hace de él. A su muerte nació el zapatismo, sus seguidores aseguraban se escondía en la sierra, cabalgando, o que incluso había salido del estado de Morelos. Hay quienes llegaron a afirmar que vivió hasta pasados los años setenta.

Zapata no es propiamente el zapatismo. Se suma a la revolución de Francisco I. Madero cuando estaba concluyendo la lucha. 

El maderismo en Morelos lo encabeza Pablo Torres Burgos, profesor morelense líder del grupo Ayala que se suma a la revolución a principios de marzo de 1911. Poco después muere en una emboscada, y a partir del 29 de ese mes, Emiliano Zapata es ascendido a cabecilla. 

Su liderazgo enfrenta las disputas por el poder con otros caudillos morelenses. Es hasta el 19 de mayo cuando consigue la victoria en Cuautla, principal batalla lograda por Zapata y el grupo Ayala. Womack señala que este triunfo fue buscado para ganar el respeto y posicionar a su grupo en el ánimo de Madero.

La revolución maderista termina seis días después del mayor logro del grupo Ayala, el 25 de mayo, cuando abdica a la presidencia Porfirio Díaz. 

Madero basó su revolución en el Plan de San Luis y Zapata reivindica su lucha en el Plan de Ayala. Ambos documentos son escuetos, ambiguos y difusos en cuanto al agrarismo y las demandas campesinas.

Es hasta 1914 cuando Zapata radicaliza su discurso en favor del agrarismo y las propiedades comunales campesinas e indígenas. Aunque no es el único en defender el agrarismo, en esta consigna centra su proclama revolucionaria.

Al inicio de la revolución, México era un país agrícola, según INEGI, en el censo de 1910. La población ascendía a 15 millones 160,369 personas, de las cuales 9 millones 737,375 eran productivas, el 37% dedicados al campo (3 millones 591,242).

Resulta entendible que las promesas revolucionarias se centren en el campesinado, pues es la población mayoritaria en actividades productivas, sobre todo, cuando este sector poblacional es desplazado por acaparadores, latifundistas y eso que hoy llamaríamos pillos de cuello blanco.

A 100 años de la muerte del ´´Caudillo del Sur´´, cobra vigencia la necesidad de reactivar al campo, quizá no con la visión socialista de Zapata basada en ejidos y tierras comunales de la autoproducción y autoconsumo, sino en una visión de pequeños propietarios convertidos en empresarios del campo.

El oro del futuro serán el agua y los alimentos. México tiene capacidad para convertirse en potencia productora de alimentos con reservas de agua. Esto pasa por un campo productivo. 

La tierra debe convertirse en solución a la pobreza y el hambre. Por consecuencia, ser factor para revertir la erosión, el cambio climático y otros males causados por el abandono al campo.

La mejor celebración al movimiento zapatista es la implementación de políticas públicas que incentiven el retorno de los campesinos a la labor, a la producción de cárnicos y otros productos agrícolas que permitan calidad de vida a los habitantes del campo.

La conmemoración a Zapata pasa por recuperar el orgullo de vivir de la tierra, acabar la equiparación de campesino con pobreza y marginación. 

Zapata y su visión comunal de la tierra a través de ejidos y propiedades colectivas están rebasados. Lo que sigue vigente es la necesidad de abatir la pobreza, hoy como en 1911, la miseria sigue siendo la bandera para los políticos que buscan asirse al poder.

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